A todas/os nos cuesta mantener nuestras promesas
Si te digo que todos aspiramos a estar sanos física y mentalmente no te estoy desvelando nada nuevo ¿verdad? Lo que sí que sorprende es cómo a pesar de tener este deseo a muchos nos cuesta mantener nuestras promesas. Y más ahora que las fronteras entre el ámbito personal y el profesional están tan mezcladas. Este mes vamos a profundizar en el tema de los compromisos. Empecemos repasando los “básicos clásicos.”
¿Alguna vez te has planteado qué implica comprometerse a algo? Un compromiso es una imagen que proyectamos del futuro, un contrato mental en el que decides que vas a llevar algo a cabo. Los compromisos generan expectativas (por aquello de que viven en el futuro). Como por ejemplo cuando te comprometes a caminar 30 minutos todos los días. Dicho de otra manera, te comprometes a dedicarle tu energía y tu tiempo a algo que te importa.
Cuando hacemos una promesa una parte de nosotras/os da por sentado que ésta se llevará a cabo sin ningún impedimento. Al menos eso es lo que esperamos. Si no me crees, tan solo tienes que pensar en cómo te sientes cuando rompes una promesa ¿decepción, enfado, frustración? De ser así, es importante aclarar que gran parte de esas emociones se centran en la conjetura de que todo está (o debería haber estado) bajo tu control. ¡Ay, amiga/o! El mito de que podemos controlar todo lo que nos rodea…Nuestra rutina, nuestras amistades, nuestro tiempo libre, nuestro pensamientos. ¿Sabes a lo que me refiero?
Si practicas mindfulness o atención plena, sabrás o descubrirás que este mito cae por su propio peso. El mindfulness nos recuerda que la vida cambia constantemente. Nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestras emociones van y vienen. Mindfulness siempre pone en evidencia que cada segundo que vivimos es diferente al que viene, y a este otro que viene, a y al siguiente…
¿Qué te parecen estas reflexiones? ¿Te ayudan a entender mejor tus compromisos y promesas?
Abrazos virtuales,
Ana.






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