El modo parálisis y la conchita
Desde que era pequeña he sido una de esas personas que se paraliza cuando vivían una situación que les bloqueaba.
Según nos cuenta la ciencia, el cerebro humano tiene 3 reacciones cuando percibe una emergencia: luchar, huir o paralizarse. Bueno, pues yo siempre he sido de las que se últimas.
¿Conoces esas cabras tan graciosas que cuando les das un susto tensan todos los músculos y caen al suelo congeladas? (Si no sabes de lo que te hablo busca “cabras que se desmayan” y lo entenderás enseguida).
Durante años, cada vez que pasaba por un bache emocional duro, me sentía como una de esas cabritas: indefensa, paralizada y sin poder mover ni un solo músculo… deseando que todo pasara lo más rápido posible.
No solo me sentía indefensa si no que también me solía sentir muy culpable:
¿Por qué no dijiste algo?
¿Por qué te quedaste en ese sitio tanto tiempo?
¿Por qué no hice algo al respecto?
El modo parálisis = modo supervivencia
Con el tiempo aprendí que es imposible racionalizar –y por lo tanto olvídate de encontrar respuesta a esas preguntas– cuando estás en el modo parálisis.
Si entras en el modo parálisis, tu cerebro se ciñe a lo básico: tratar de sobrevivir. Es como cuando tu móvil entra en modo “ahorro de batería”, se asegura que todo sigue funcionando pero apaga todo lo innecesario.
Y no hace falta que te ataque un león en la sabana para tu cerebro interprete que estás en peligro: una discusión con tu pareja puede ser más que suficiente para activar el modo parálisis.
Entender y aceptar cómo funciona mi cerebro cuando está en modo parálisis supuso un antes y un después en mi vida.
De repente, quedarme congelada dejó de sentirse como un acto de pasotismo, de falta de interés o de pasividad.
El modo parálisis = ponerse a salvo
En el fondo quedarme paralizada, o “meterme en la conchita”, es un acto reflejo – y que refleja – que necesito ponerme a salvo. Si me meto en la conchita no es porque sea una cabra indefensa de esas que se desmayan. Al contrario, si me meto es porque, como les pasa a los cangrejos ermitaños o los caracoles, la conchita es mi refugio.
La conchita representa ese un lugar seguro en el que puedo recuperar mis fuerzas, aclarar mis pensamientos y conectar con aquello que me importa.
Con el paso del tiempo, meterme en la conchita me incita las siguientes preguntas:
¿Qué puedo hacer para encontrarme bien?
¿Qué es lo que más necesito en estos momentos?
¿Qué era realmente importante para mí de esa situación?
Preguntas que dejan de señalarme con el dedo índice, que abandonan la culpabilidad para centrarme en mi bienestar.
De la culpabilidad y la autocrítica a la compasión y entendimiento.
Conclusión
Y aunque cierto es que no siempre consigo mantener esta actitud tan compasiva conmigo misma, lo importante para mí es poder reconocer si me encuentro o no dentro de la conchita.
Con tal de que sea capaz de recordarlo, sé que tarde o temprano volveré, cuando me sienta otra vez segura y haya recuperado las fuerzas saldré de mi guarida.
¿Y tú qué tipo de reacción sueles tener cuando te notas en peligro o te satura una situación?
¿Eres de los que luchan, huyen o se paralizan?






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